Día Mundial del Suelo: ¿Cómo cuidar al segundo reservorio de carbono más importante de la Tierra?

En un contexto de mitigación y adaptación al cambio climático, la preservación de la fertilidad física y química de los suelos resulta fundamental. Compartimos la mirada de los especialistas.

Fertilidad química del suelo: situación actual en Argentina

Sofía Gayo, del Dto. Investigación y Prospectiva Tecnológica de la Bolsa de Cereales Bs. As. explica que, según el último relevamiento realizado por la institución, la situación de la fertilidad química de los suelos del país es preocupante: “El consumo total de fertilizantes para los cultivos extensivos más importantes del país y para el conjunto de nutrientes, pasó de 3 millones de ton en 2010/11 a 2,82 millones en 2017/18. Si consideramos que en los últimos 20 años la productividad del suelo en toneladas de grano/ha aumentó un 30% , la superficie sembrada aumentó 50% y la producción se duplicó –estamos produciendo más con un mismo nivel de fertilización, algo falla”.

La especialista remarca que además solo el 20% de los productores hace muestreos de suelo para ajustar la fertilización: “esto indica que estamos aplicando a ciegas’

Otro indicador en esa línea es el nivel de tecnología: “cuando se analiza el perfil tecnológico de los productores observa que el grueso de la producción se obtiene hoy con niveles medios de tecnología, cuando en años anteriores la mayoría de los planteos era de alta tecnología”. Si bien prácticas como la SD, la inclusión de gramíneas (que creció de un 27 a 41 %), los cultivos de servicios (el número de productores que siembra CS creció del 4 al 13%) y la reposición de nutrientes (que creció de un 34% a un 54%) muestran tendencias positivas en los últimos años, queda mucho por mejorar.

Fertilidad física del suelo: desafíos en el manejo del agua y el cambio climático. 

El especialista de INTA Anguil Alberto Quiroga explica que, a diferencia de las deficiencias químicas, los problemas asociados a la fertilidad física del suelo requieren de enfoques de largo plazo y de varios años antes de ver los primeros resultados. Además, las limitaciones físicas exigen un abordaje en el terreno, para lo cual hay que salir del laboratorio y volver al campo.

Las limitaciones físicas pueden ser de origen genético o antrópico. Las primeras incluyen la presencia tosca o de un horizonte B muy desarrollado (‘tapto’) y no permiten mayor margen de maniobra. Por otro lado, las provocadas por acción del hombre incluyen por ejemplo fenómenos de paralelización de la porosidad que dificultan la exploración de las raíces y la entrada del agua. “Esto puede traer problemas en un contexto de cambio climático donde las lluvias son más intensas ya que crecen los riesgos de escurrimiento y anegamiento”.

En general se trata de fenómenos muy presentes en distintas regiones donde afectan los rendimientos: “vimos lotes con disponibilidad de agua y nutrientes para producir 2500 kg/ha donde el rinde es de 1600 kg/ha”. Además, son variables dentro de un mismo lote: “de una lluvia de 50 mm entran 10 mm en algunas partes y en otras 80”.

Según Quiroga el manejo es un factor clave. En agricultura continua versus integrada con pasturas, se observan diferencias en densidad de 1.47 a 1.08 g/cm3 y en porosidad interna del agregado de 44% a 60%, respectivamente. Si bien los cultivos de servicios pueden ayudar, en situaciones de mucha gravedad la mejor herramienta puede ser una gramínea perenne.

 Cuando se comparan situaciones de monocultivo de soja con rotaciones intensificadas por medio de cultivos de servicios se ven diferencias: “ensayos de larga duración en Anguil muestran que los cultivos de servicios pueden aumentar en 9 mm la conductividad hidráulica de los primeros 10 cm del suelo”. Además, los CS tuvieron impactos positivos sobre la uniformización del lote, la reducción del encostramiento y la eficiencia del uso de agua, con aumentos de 5 a 7 kg grano/mm/ha.

En esta línea, el especialista G. Gerster de INTA Marco Juárez explica que, en lotes de monocultivo de soja, la compactación física por efecto del rodado impacta sobre infiltración del agua de lluvia y el crecimiento de raíces. “En lotes de producción observamos diferencias de 17 a 35 mm/hora de infiltración básica en zonas compactados versus no compactadas”.

En ensayos de 10 años con distintas secuencias de cultivos, se observa que bajo monocultivo la presencia de masivos es del 39%, la infiltración básica (IB) de 9.4 mm/h y el carbono orgánico total (COT) de 1.9%. En contraparte, rotaciones más intensas con CS el porcentaje de masivos cae al 14%, la IB asciende a 30 mm/h y el COT a 2.4%. “Pueden considerarse valores de 23 % de masivos y 26 mm/h de IB como umbrales para separar suelos de menor y menor aptitud productiva por efecto de la compactación”. 

Gerster agrega que la inclusión de gramíneas en la recuperación de suelos con degradación física es clave, en especial durante el invierno. “Los cereales de invierno crecen cuando el suelo esta húmedo y a capacidad de campo durante más tiempo. Así, durante el invierno el suelo ofrece menos resistencia a la penetración. Esto facilita la exploración radicular del cereal de invierno, que además genera una cobertura más densa. Por eso su efecto en la recuperación de suelos compactados es mayor que la de un maíz.

El especialista de INTA destaca la definición de sectores de transito intensivo, la agricultura de precisión y el uso de rodados especiales como estrategias complementarias para hacer frente a la compactación.

La degradación física del suelo incrementa los riesgos de la erosión hídrica. Según P. Carfagno de la Universidad de Morón, “el suelo que se pierde por erosión es el de mayor calidad e importancia para los cultivos, y esto impacta negativamente sobre el rendimiento. En los últimos 20 años se perdieron en promedio 1.1 cm de suelos del área agrícola del país, lo que tiene un costo estimado de 11 mil millones de USD por caída en los rendimientos”.