Desafíos globales de la productividad agrícola

Para lograr el objetivo de un 2050 próspero, el mundo va a necesitar producir al menos 50% más alimentos, forrajes y biocombustibles tomando como referencia la producción de éstos en 2012.

Por Santiago Nocelli Pac para Revista HorizonteA

Esto a consecuencia de un planeta con casi 9 billones de personas, cifra a nivel global, enmascara disparidades a nivel regional, en el África Subsahariana el output agrícola va a tener que al menos duplicarse mientras que en otras regiones del mundo solo con un tercio más estaremos bien.

Si  miramos el pasado y tomamos como referencia los logros y avances, el desafío planteado no debería ser un problema; incrementos muchos más altos en la producción fueron logrados en un pasado, tomando como referencia el decalustro 1961-2011 el output agrícola global se triplicó. En los países en vías de desarrollo la producción ganadera fue de los subsectores en la agricultura de mayor crecimiento; esto acompañado por una tracción desde el sector de consumidores donde para este mismo periodo el consumo per cápita de productos lácteos se duplicó y el de carne se triplicó.

No obstante, debido a una multiplicidad de factores que van desde presión sobre los recursos naturales, cambio climático, escasez de inversiones en el sector agrícola e importantes “gaps” tecnológicos; mantener el ritmo de incrementos en la productividad puede ser un poco más complejo que en el pasado.

Los rendimientos van en descenso 

Más tierras destinadas a la producción, el riego y el uso de agroquímicos jugaron un rol protagónico en el aumento de la producción durante la Revolución Verde (1960-1980), no obstante hoy reconocemos que esas ganancias tuvieron un alto impacto sobre los recursos naturales: degradación de suelo, salinización de suelos regados, sobreexplotación de acuíferos, generación de plagas resistentes y erosión en la biodiversidad.

Tomando como referencia el periodo 1990 hasta la actualidad los incrementos de los rendimientos para maíz, arroz y trigo fueron no mucho mayores al 1% anual -mucho menores que los alcanzados en periodos anteriores-.

“Brechas de rendimiento estimadas, expresadas en porcentaje, exceden el 50% en la mayoría de los países en vías de desarrollo, con los mayores exponentes en la región del África Subsahariana con alrededor de un 75% de brecha y los menos graves en el este de Asia con un 11%”

Estos “gap” o brechas entre rendimiento a campo y los potenciales reflejan restricciones, como una falta de integración a los mercados, desigualdad de oportunidades ligadas al género especialmente en esquemas de agricultura familiar de pequeña escala y por sobre todo la insuficiente adopción de tecnologías más productivas.

Las prácticas sustentables nos ayudan a incrementar la productividad 

La clave del crecimiento agrícola sustentable es un uso más eficiente de la tierra, labores y otros inputs, innovación social y nuevos modelos de negocio.

Los últimos años hemos sido testigos de una tendencia de crecimiento hacia la adopción del sistema de siembra directa en la escala global, tecnología que demostró adaptarse para diferentes climas, suelos, cultivos y escalas; con ahorros de hasta un 66% de uso combustibles, con menor demanda de horas hombre y maquinaria; y mayores rendimientos (por citar algunos beneficios). La adopción de ésta a nivel global no supera el 11% de la superficie cultivada, mostrando sus mayores niveles de adopción en Sudamérica con un promedio alrededor del 60% y casos como Argentina alcanzando el 91% del área sembrada.

Durante el año 2017 la FAO otorgó el premio Glinka mundial de suelos a la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), siendo este un claro manifiesto de apoyo al sistema y expectativas que este tiene para ayudar a un mundo que nos pide más alimentos y a su vez, necesita preservemos los recursos naturales. Esquemas más ambiciosos como los propuestos por la Asociación con su programa de Certificaciones sube la vara una vez más y desafía al productor a comprometerse en una matriz de certificaciones, donde además de hacer mejores prácticas de manejo debe ser capaz de generar los registros necesarios para garantía absoluta de veracidad en cuanto al esquema planteado, sin duda representa un modelo del presente para demandas del futuro.

La agroecología por su parte invita a jerarquizar el concepto de tecnologías a medida. Los productores alcanzan mayores cantidad y calidades de alimentos por la transición de agricultura de base inputs químicos a sistemas holísticos basados en un manejo a nivel ecosistema. Esto se logra mediante la introducción de mayor diversidad de cultivos, coberturas perennes y la presencia de árboles. Mediante el logro de ciclo cerrado de nitrógeno a nivel campo, la agricultura agroecológica mejora la eficiencia de producción y genera una serie de beneficios ambientales, menor contaminación por menores residuos y mayores niveles de eficiencia de uso de recursos.

Un concepto que fue ganando adeptos y soporte de instituciones a nivel mundial es el de agricultura climáticamente inteligente (climate smart agricultura) cuyo fin es el de incrementar de manera sustentable la seguridad alimentaria e ingresos, adaptar y construir resiliencia al cambio climático. Conecta con otras innovaciones como las ya mencionadas siembra directa y agroecología; también agroforesteria y el desarrollo de variedades de cultivos más tolerantes a insectos, enfermedades, sequía, inundación y salinidad.

“La adopción de estas prácticas contribuyen a incrementar la productividad total de factores (PTF), esto significa lograr mayor cantidad de producto final por unidad de input al sistema”.

La PTF explica el 40% de incremento en la producción de alimentos a nivel mundial tomando como referencia el decalustro 1961-2011. La PTF explica el incremento en la producción en países desarrollados en mayor medida, mientras que en países en vías de desarrollo el incremento en la producción fue explicado en mayor medida por el crecimiento en área cultivada.

El resurgimiento del I+D en agricultura

Luego de casi una década de estancamiento en I+D en agricultura hacia en 1990, la inversión en esto viene creciendo a un ritmo del 3% anual, China e India explican casi la mitad de la inversión y crecimiento a nivel global, seguido por una serie de países en segundo lugar entre los cuales se encuentran Argentina y Brasil.

Un indicador comúnmente usado del esfuerzo de un país en desarrollo agrícola es el indicador “intensidad de la investigación agrícola” (ARI, por sus siglas en inglés), lo que refleja el gasto nacional del Estado en I+D agrícola como un % de su PBI. Aunque no existe un umbral correcto de ARI, como referencia de un total nacional de gasto en I+D para ciencia y tecnología no debería estar por debajo del 1% del PBI según el Consejo Económico y Social de la ONU. La inversión del sector privado a nivel global explica el 20% aproximadamente; la mayor parte de la inversión privada en I+D ocurre en países más desarrollados.

 

Resistencia social a OGM

“La biotecnología agrícola puede contribuir de manera significativa a una agricultura más sustentable”.

Desde 1990 un debate largo y con posiciones divididas acerca de impactos potenciales posibles sobre la inocuidad alimentaria, el medio ambiente, la biodiversidad y salud humana y animal. Diversos estudios, entre ellos un metanalisis de más de 147 papers publicados concluyen 37% de reducción de uso de pesticidas, 22% de incremento en los rendimientos y mayores ganancias por parte de los productores hasta en un 68%.

Una de las desafortunadas consecuencias de este largo debate es el caso de tecnologías que se han visto opacadas. Por ejemplo variedades de arroz “NERICA” permiten la cruza de especies africanas y asiáticas de arroz, uno aporta mejor comportamiento ante clima hostil y la otra alto potencial de rendimiento. Otro de los casos es una especie de arroz perenne en China, que rebrota cada estación sin la necesidad de volver a sembrar.  

Los comportamientos de inversión en biotecnología son dispares a nivel global, el presupuesto de China es 10 veces el de Brasil e India de manera conjunta. Considerando que la mayoría de las biotecnologías desarrolladas provienen de los países desarrollados, relaciones Norte-Sur para facilitar capacidad instalada y flujo tecnológico son cruciales.

Recientemente iniciativas de políticas enfatizando en investigación responsable e innovación pueden ayudar a mejorar el dialogo ciudadano-ciencia en el camino de introducción de nuevas tecnologías. En la frontera del conocimiento nuevas tecnologías de ingeniería genética como el Crispr cas9 abren un camino exploratorio a variedades mejoradas genéticamente, por vías “no transgénicas”; mucho más dirigidas y precisas sobre la modificación buscada resultando no solamente en una excelente alternativa desde lo técnico; sino evitando el caro y engorroso proceso regulatorio que tienen asociados los transgénicos y además, quitamos de nuestro frente de batalla movimientos y mercados “anti OGM”; que resulta al día de hoy no solo restricción de acceso a mercados sino también enfrentamientos sociales al respecto.

La conclusión es que no sería viable crecer en área cultivable, debemos lograr mejor productividad y sustentabilidad en las tierras que hoy están bajo producción; en este contexto nuevas tecnologías y políticas públicas acertadas son necesarias para pensarnos en un 2050, 2100 y posteridad sin hambre.