Rockstar de las pampas

El jueves falleció Rogelio Fogante, un héroe del campo argentino que nunca habías escuchado nombrar. El recuerdo de Iván Ordóñez.

 

Aplaudí a Rogelio Fogante seis veces. Le di la mano cuatro. Tuve tres charlas breves con él, en general sobre su última pasión: Bioceres, una empresa de biotecnología argentina que él fundó junto a otros 22 locos convencidos de que los científicos argentinos podían colarse en la biotecnología vegetal, algo que solo los países más desarrollados del mundo dominan. Tenían razón. Él tenía razón.

Rogelio nació un 13 de abril de 1936 en José de la Esquina en Santa Fe, un pueblo a diez kilómetros de Arequito, capital nacional de La Sole y apenas a 120 kilómetros de Rosario, el puerto que la Confederación Argentina erigió sobre el Paraná para escaparle a los tributos de Buenos Aires. El planeta era 2 grados más frío que hoy y aquella campaña se festejó: se cosecharon 19 millones de toneladas de grano. Sirvió para aliviar la malaria del año anterior que debido a una seca invernal solo había llegado a los 17 millones. El año que se recibió de ingeniero agrónomo en la Universidad Nacional de Noroeste, 1964, poco había crecido la agricultura argentina: 18 millones de toneladas, casi todas trigo, maíz y cebada.

Las cosas de hecho estaban peor: la mecanización del agro, proceso que se había acelerado en los 10 años anteriores, había elevado la incipiente erosión de los suelos ya que el arado previo a la siembra exponía a la tierra al viento y el agua, que la lavaban de nutrientes. La tierra con el disco de arado se descompactaba, “mejorando” la absorción del agua por un corto lapso de tiempo. Luego con la lluvia el proceso de compactación se profundizaba y el suelo se volvía totalmente impenetrable. A eso se sumaba el peso de las nuevas máquinas transitando los campos. Una serie de malezas se habían apoderado de los lotes con una naturaleza endémica y no podían ser erradicadas. Las más famosas eran el gramón y el sorgo de halepo. A fines de esa década además comenzaba a hablarse de la “enfermedad del monocultivo de maíz” que “agotaba los suelos” (sí, como hoy la soja). En ese mundo Rogelio ingresa al INTA, que creó Aramaburu en 1956, recién salido de la facultad. La misión del INTA era —sigue siendo— desarrollar y difundir conocimiento agropecuario. Ahí Rogelio participó de uno de los hitos claves de la agricultura global: La Primera Revolución Verde.

Allí se reconfiguró una relación de más de 10 mil años del hombre con la agricultura. Norman Borlaug transformó un proceso ancestral: la domesticación de las plantas para encontrar aquellas que pueden producir más con menos. El hombre siempre seleccionó a los mejores de cada especie a partir de sus atributos externos: Borlaug aplicó la ciencia a resolver un desafío concreto.

El problema al que se enfrentaba es que la fertilización en los trigos generaba más altura y follaje y no semillas, que en el fondo es lo que buscan los seres humanos al sembrar cereales. Para peor: al crecer el trigo, el mismo tomaba una altura cuyo tallo no podía sostener, y como dicen los chacareros, “se volteaba”. Al entrar las semillas en contacto con la humedad del suelo, la planta era atacada por la roya –un hongo– y finalmente moría. Con su equipo mixto de gringos y mexicanos, Borlaug desarrolló los primeros trigos enanos de alto rendimiento que aprovechaban el fertilizante de la forma correcta.

El núcleo de su idea fue mover las semillas por diferentes ambientes para aprovechar las distintas temperaturas, lo que permitía plantar y cosechar dos veces por año. Esto desafiaba un viejo mantra de los agrónomos: “Para elevar la energía de la semilla y así potenciar su germinación, se la debe mantener en reposo luego de la cosecha. No se puede utilizar la semilla inmediatamente”. Gracias al trabajo experimental de Borlaug, México finalmente alcanzó el autoabastecimiento de trigo en 1956. En la estación experimental del INTA de Marcos Juárez, Rogelio comenzó los primeros ensayos con trigos enanos en el país. En 1971 asumió como coordinador del programa de mejoramiento genético del INTA. Por esos años conoció personalmente a Borlaug, el gringo loco. Argentina producía ese año 22 millones de toneladas de granos, 3 más que el año en el que nació Rogelio.

Rogelio Fogante en campo 2

El «rock star» de las pampas: Rogelio Fogante.

En ese paisaje en el que Santa Fe se funde con Córdoba hasta hacerse indistinguible Rogelio conoció a Victor Trucco, un investigador de la Universidad Nacional de Rosario: se trataría de una de las amistades más fructíferas en la historia del agro argentino. Lennon y McCartney del campo escribirían muchas canciones sobre siembras. Cuando los conocí llevaban una melena plateada, curtida por los años de recorrer lotes. Rockstars de las pampas.

Ellos se conocían desde la militancia universitaria y estudiaban nuevas técnicas de sembrado para disminuir la erosión de los suelos, como parte de un programa del INTA en el cual cada científico podía dedicar un porcentaje de su tiempo a la investigación libre. Los militares cumplían con la coherencia de ser brutos y conservadores en amplios órdenes de la vida social y el mundo científico no era la excepción. Fue así que un interventor cuyo nombre pasó al olvido despidió a Víctor y Rogelio entre muchos científicos preocupados por el empobrecimiento del principal recurso natural del país. Eran hippies. Ese fue el puntapié de la siembra directa en Argentina.

La siembra directa es una técnica de siembra de cultivos que, para proteger la materia orgánica del suelo y elevar su retención de agua, descartaba el uso del arado. Dejar los desechos de la cosecha del cultivo anterior (los rastrojos) mejoraba la humedad del suelo, que es muy beneficiosa para el crecimiento de las plantas, mientras que la generación de capas de materia orgánica hacía de campos ganaderos o de bajo rendimiento zonas óptimas para la agricultura. Sin embargo, tenía un problema: no era económicamente viable.

Por un lado, las antiguas sembradoras no servían para trabajar en el ecosistema de la siembra directa, ya que estaban diseñadas para ser el paso posterior al arado, que al dar vuelta la tierra destrozaba el colchón de materia orgánica. Esto hacía que la sembradora tradicional sólo tuviera una función: empujar la semilla dentro de la tierra. Además, eran muy livianas, y en el colchón de rastrojos no podían afirmarse y “sembrar en hilera”, un punto clave en la agricultura capitalista moderna, ya que se trabaja en serie, manejando con estadística el comportamiento de muchos organismos vivos. El desafío era hacer una máquina pesada que no se trabara cuando hiciera un tajo en los rastrojos para insertar la semilla.

Era difícil; los primeros inventos no aguantaban ni veinte metros antes de atorarse con el rastrojo. La clave del éxito fue el diseño de una cuchilla ondulada, que los gringos llaman “cuchilla raviolera” porque es idéntica a la que usan las nonas. Rogelio y Víctor fueron los impulsores en un grupo de 17 productores que investigaban modificando maquinaria agrícola para sortear el problema. Todo de su bolsillo. Todo pasión por el conocimiento.

En 1989 el mismo grupo fundó la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID). El objetivo era perfeccionar la técnica mediante el trabajo en red. Si les iba bien la difundirían entre el resto de los agricultores, porque uno de los secretos mejor guardados del agro argentino es que en el fondo no hay secretos. El año terminaría con una muy magra cosecha de 26 millones toneladas, con precios internacionales por el piso, chacareros quebrados por las inundaciones y un gobierno que los ahogaba con retenciones y juntas de granos que compraban su producción fijándoles precios máximos. Dudosamente el agro argentino haya conocido un peor año. La sociedad argentina conocía la resaca de la fiesta inflacionaria. El país estaba parado. 17 locos no.

El segundo problema de la siembra directa era biológico y se solucionaría finalmente 1996 con la introducción en el mercado de la soja transgénica: el colchón de materia orgánica generaba muchas malezas. ¿Qué es una maleza? Es toda planta que un productor no quiere que crezca, porque compite por recursos (agua, sol y espacio terrestre) con la que el productor pretende ganar dinero. El paquete de agroquímicos que lograba dominar esa ebullición de malezas era demasiado caro y hacía la técnica inviable. El glifosato es un herbicida no selectivo, es decir, que ataca a múltiples malezas y por lo tanto con una sola aplicación eliminaba las malezas, pero también la soja. Hasta que llegó la transgénica.

¿Qué es la transgénesis? Es aislar un gen de una especie que tiene una propiedad e injertarlo en otra especie para poder hacer uso de esa propiedad. La soja resistente al glifosato es el resultado de tomar el gen de una planta que era resistente al glifosato y mediante una bacteria, el Agrobacterium, incorporárselo a la soja. El gen funciona como un marcardor que otorga la propiedad de ser inmune al glifosato. Así nacía la La Segunda Revolución Verde y Rogelio era un protagonista privilegiado. En 1996 la Argentina cerró la campaña con 42 millones de toneladas de granos, el 43% soja y girasol, el resto maíz, trigo, cebada y sorgo. Al año siguiente se duplicaría la cosecha de 1989. Hasta ese momento la agricultura argentina jamás había crecido tanto en un lapso de tiempo similar.

En una extraña parábola de la vida Rogelio fundó junto a 22 productores agrícolas más Bioceres. Era 2001: igual que 1989, otra marca indeleble en la memoria colectiva de los argentinos. El trabajo fue lento para los tiempos de los urbanos, pero acorde con la paciencia de un agricultor como Rogelio. Bioceres ya presentó al mundo el primer trigo transgénico, que tomando propiedades del girasol desarrolla una tolerancia a la sequía que lo hace apto para climas más áridos. En breve llegara al campo argentino para quien quiera usarlo.

Rogelio y German Fogante

Junto a su hijo Germán

En la actualidad el agro argentino cosecha anualmente 100 millones de toneladas de granos que representan un 40% de las exportaciones del país. La producción está estancada hace ya 5 años en la misma cantidad de granos, pero con el nuevo ciclo político se prevé un crecimiento, sobre todo por el aumento del área de maíz y trigo, cultivos que se habían reducido a su mínima expresión desde que se cerró su exportación.

Muchos creen que para el 2025 puede llegar a las 180 miillones. Aapresid, de la cual Rogelio fue alma mater, tiene en la actualidad alrededor de 3.000 socios y sus congresos anuales son visitados por más de 5.000 productores agrícolas que se apasionan buscando soluciones para producir más con menos recursos mientras disminuyen su huella sobre el planeta. Bioceres es la prueba de que es posible que Argentina se inserte en las zonas conocimiento intensivas del sistema de agronegocios.

Rogelio Fogante falleció el jueves a los 80 años. Su familia esparcirá en un lote sus cenizas y se conectará una vez más con la tierra como lo hubiera querido. Solo algunos de los que se mueven en los agronegocios saben lo que Rogelio dio para llegar ahí; les duele perder a uno de los buenos, uno de los sabios, uno de los apasionados. Para el grueso de los argentinos es un anónimo. Ni siquiera alcanzan a sospechar que fueron un puñado de locos, no más de 100 tipos, los que resultaron clave para alcanzar las 100 millones de toneladas de granos anuales que produce el país y sostienen su macroeconomía. Alfonso y Federico, úsenlas sabiamente.

Fuente: Iván Ordóñez
Texto originalmente publicado en La Agenda BA
http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/137863100345/rockstar-de-las-pampas

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