Historia

La Siembra Directa cambió el paradigma de la agricultura al desterrar la idea de la necesidad imperiosa de la labranza para poder practicarla. Actualmente no puede hablarse de “suelos arables” como sinónimo de áreas aptas para la agricultura. Suelos que no son arables han demostrado ser “sembrables”.

Los primeros desarrollos que advirtieron sobre la posibilidad de prescindir de la labranza tuvieron lugar en Inglaterra en la década de 1940.

En 1955, el descubrimiento del herbicida Gramoxone alentó a la compañía británica ICI a avanzar en los estudios sobre siembra directa en el Reino Unido.

Corrían los años 60 cuando el productor norteamericano Harey Young se acercó a la Universidad de Kentucky –donde Shirley Phillips era académico– buscando respuestas a los problemas que le ocasionaba cierta gramínea mientras practicaba la siembra directa. Ante el desconocimiento de la universidad sobre el tema, Phillips se dispuso a estudiarlo con un grupo de jóvenes universitarios, entre los que se encontraba Grant Thomas. Young y Phillips terminarían escribiendo el libro Labranza Cero y encumbrándose como referentes de la siembra directa.

Las primeras experiencias argentinas datan de la segunda mitad de la década de 1970. Sin embargo, la irradiación del sistema debió esperar el paso de otros 15 años, cuando la confluencia de una generalización de los problemas de erosión de suelos en el país, el aumento de los costos operativos y la aparición de herbicidas a menores precios que permitieran un control de malezas más efectivo hicieran de la siembra directa una tecnología económicamente viable.

Link: La SD en Argentina