Con la siembra del centeno como cultivo de cobertura, varios campos del límite entre La Pampa y Córdoba resolvieron la violenta erosión eólica y el drama de las malezas difíciles.

Bajo un calor intenso, en un día seco, sopla un viento suave y constante. Es el tórrido ambiente del norte pampeano, que hace perder el aliento.  Clarín Rural llegó hasta esta región, a la localidad de Coronel Hilario Lagos, sobre la ruta 188, un sitio muy próximo al sur de Córdoba, tanto que andando por los caminos rurales se pasa todo el tiempo de una provincia a la otra.

Hilario Lagos es La Pampa medanosa norte, una punto “border”, es decir, una frontera entre la Pampa subhúmeda y el Oeste semiárido. Esto hace que la zona tenga un comportamiento climático muy errático.
“Es una zona subhúmeda-semiárida porque hay años en los que pueden llover 800 milímetros y otros años de 400 milímetros. Este es de 400”, dice Gabriel Garnero, reconocido asesor de la zona, que llegó hasta aquí hace treinta años, luego de graduarse, y fue el primer ingeniero agrónomo que se instaló en este pueblo, que hoy cuenta con 800 habitantes. 

El técnico conoce de primera mano los avances y los retrocesos de esta región. Señala que la práctica de una agricultura con monocultivos oleaginosos, la escasa participación de gramíneas en las rotaciones y la expansión del cultivo de maní, desde el sur de Córdoba hacia esta región, que se produjo allá por el año 2000, intensificaron los procesos de degradación de los suelos. 
“Hace tres años se empezaron a ver las consecuencias de estos procesos, con la voladura de los campos”, indica. Se refiere, de esta forma, al proceso de erosión eólica que ocurre en estas zonas y  que se manifiesta como grandes nubes de polvo o la formación y movimiento de médanos entre los lotes de producción. 

“Con años más secos, más agricultura y menos cobertura de los suelos, todo esto se intensifica”, agrega. Además, cómo está sucediendo en otros zonas muy agrícolas, aflora otro problema: la fuerte presión de malezas de difícil control. Garnero cuenta brevemente la historia de esta zona, que no escapó a los cambios generales de la agricultura argentina de los últimos 25 años. 

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Garnero toma varias plantas de centeno de un lote que será sembrado en verano con maíz tardío. Para él, el cultivo invernal es una gran opción para proteger a los suelos. Foto: Clarín

“Era una zona originariamente ganadera, con pasturas, alfalfares, en la cual en cada monte vivía el dueño del campo. Con la llegada de la labranza vertical, después la siembra directa y, por último, la soja RR, se fue transformando en una zona puramente agrícola, y el productor se fue a vivir a la ciudad y dejó de tener esa pertenencia por su campo, ya que entró en un sistema de arrendamiento continuo”. 

Teniendo en cuenta el desencadenamiento de los procesos de erosión eólica y problemas como la rama negra, que afectan a toda la región, era necesario tomar conciencia y buscar soluciones. Y estas llegaron con la implementación de la tecnología de procesos: fue con la siembra de centeno, como cultivo de cobertura invernal, que se empezó a solucionar el problema, subraya Garnero.

Y agrega que, gracias al esfuerzo conjunto de diversas entidades, como el ministerio de la Producción de La Pampa, el INTA Anguil, el Colegio de Ingenieros Agrónomos de La Pampa y la Cámara Empresaria Pampeana de Insumos Agropecuarios, se está logrando avanzar en la adopción de prácticas conservacionistas.
Junto a Garnero, Clarín Rural recorrió dos establecimientos, con dos alternativas de manejo que incluyen los cultivos de cobertura: una en un campo mixto y la otra en un campo agrícola. 

Caraguatá es un campo de 900 hectáreas, con 1.800 animales en engorde, de los cuales una parte hace una invernada pastoril y otros están en un sistema de feedlot móvil. 
Allí, el 70% del campo está sembrado con centeno, una especie invernal que en este caso se utiliza como cultivo de cobertura. Sobre su rastrojo se siembra el maíz (cuya producción se utiliza toda en autoconsumo) y la soja. 
Garnero explica que, en este caso, el centeno se siembra a 38 centímetros entre líneas, y usa una mezcla de nitrógeno, fósforo y azufre, como fertilizante arrancador. Luego se trata con herbicidas para el control de malezas de hoja ancha y  en prefloración se aplica con glifosato y 2,4-D, para luego volver a implantar el cultivo de verano. 

El técnico destaca la importancia de hacer un manejo bien completo del cultivo de cobertura, ya que se evitan problemas secundarios. Por ejemplo, en esta campaña, en etapas tardías del centeno, se vieron escapes de Chloris, una maleza de difícil control. En el campo Caraguatá, esta campaña fue la primera en la que se hizo centeno sobre rastrojo de maíz. Con esta táctica de manejo -opina Garnero-, se otorga un valor preponderante a otro concepto agronómico, que es el del cultivo de cobertura como  “fijador de rastrojo”, ya que, debido a los vientos fuertes de la zona, el centeno hace de empalizada para evitar su voladura. 
Además, dice que la presencia  de las malezas problema debajo del rastrojo que deja el maíz tardío se controla con la siembra inmediata del centeno, luego de la cosecha maicera. De esta forma, el cultivo de cobertura comienza a competir desde muy temprano con las malezas, que así no pueden desarrollarse libremente.

Los Manantiales es otro establecimiento de la zona. Con 1.500 hectáreas, toda la superficie está sembrada con cultivos de cobertura. Una fracción se cosecha para sembrar la semilla al año siguiente, pero el resto queda en pie. 
En este campo, 100% agrícola, el cultivo de cobertura provocó sensibles cambios en el manejo de las densidades de siembra, que ahora son menores, y en la nutrición. 

Con todos estos ajustes lograron que haya más agua disponible, más espacio entre hileras y menos proliferación de enfermedades. En lo que hace a la nutrición, los cambios más importantes se están dando con la aplicación de micronutrientes, detalla el técnico. En el cereal están aplicando zinc y hormonas de crecimiento, mientras que en soja aplican micronutrientes como el calcio, boro, cobalto y molibdeno. Todo esto es una muestra más de la importancia de la tecnología de procesos, que incluso permite practicar una agricultura de punta en una zona antes marginal.

Agricultura: «Bajar los decibeles»

Las regiones ventosas y con altos contenidos de arena en los perfiles del suelo (hasta 80%), como el norte pampeano, son muy susceptibles a los procesos de erosión eólica. Por eso, son necesarias estrategias de manejo con cultivos formadores de materia orgánica, un valuarte para estos suelos. “Es necesario bajar los decibeles de los sistemas y buscar estrategias que apuesten por la diversidad de cultivos y que permitan capturar el carbono atmosférico para formar materia orgánica”, dice Gabriel Garnero, reconocido técnico de esta zona. Los productores se dan cuenta de que estos sistemas frágiles requieren tácticas de manejo que conserven el suelo.

Una de las estrategias para combatir la erosión eólica es la realización de cultivos en franjas. Se hacen franjas de maní (luego sobre ella se siembra trigo) y al lado una franja de maíz que actúa como barrera protectora para conservar los suelos, luego de la cosecha del maní. Y el cultivo de cobertura hace un aporte clave para la infiltración de agua en estos ambientes. Hay que considerar que estos suelos, hasta los tres metros de profundidad, acumulan solamente 180 milímetros y, por su parte, la demanda de los cultivos tradicionales varía entre 450-500 mm en todo el ciclo. Por ello, con todo el sistema de poros que forman los cultivos de cobertura a lo largo del perfil se logra que todo el agua que cae infiltre y esté disponible en el lugar.

Los pros y los contras del centeno

Gabriel Garnero, asesor técnico de la zona del norte de La Pampa, destaca las virtudes más importantes del cultivo de centeno como puente verde. Dice que con 4 milímetros de diámetro de tallo y una altura de 1,5 metro de alto, el cereal sembrado a campo es como si una columna tuviera un metro de diámetro y 380 metros de alto. Esta fortaleza se debe al contenido de sílice en el tallo. “Es muy resistente y además su sistema radical en cabellera, colocando una raíz al lado de otra, genera una longitud total de 20 kilómetros. Otra de las ventajas, creo, es que aun permanece rústico en lo que hace a su mejoramiento. Y también es tolerante a los efectos de la residualidad de los herbicidas en el lote. Con este cereal también se mejora la infiltración, ya que se genera mejor porosidad vertical”.

Sin embargo, como contrapartida, Garnero reconoce las amenazas. “Se está viendo que sin buenas prácticas, como el control de malezas previo a la siembra o la fertilización, hay anclaje de malezas tardías. También hay baja disponibilidad de semillas, lo cual, a veces, encarece el precio. Y, por otra parte, hay que extremar el monitoreo de insectos para evitar que pasen al cultivo siguiente”, indica el técnico.

Fuente: Clarín