Entre el clima y los costos de la urea: ¿cómo piensan los productores la nutrición del trigo?
Productores y técnicos de las Regionales Justiniano Posse y Cuenca del Salado de Aapresid comparten cómo están leyendo la próxima campaña fina. Entre pronósticos que invitan a ilusionarse y márgenes que obligan a ajustar, la clave vuelve a estar en el diagnóstico.
Publicado el 30 de abril de 2026

En trigo, las decisiones importantes no empiezan con la sembradora. Empiezan antes: cuando se mira el perfil, se leen los pronósticos y se hacen los números.
“En la Regional Justiniano Posse, al sudeste de Córdoba, el escenario productivo se analiza a partir de las proyecciones del ENSO y su relación con las precipitaciones”, cuenta Claudio Rasquin, ATR de la Regional.
Pero no es una mirada general. Detrás hay más de un siglo de registros que permiten entender cómo responde la lluvia en cada escenario. Y hoy, con un “Niño” leve a moderado en el horizonte, las señales son claras.

“Históricamente, estos años se asocian con más lluvias en septiembre y octubre, en etapas clave del cultivo. Bajo esas condiciones, la expectativa de rendimiento es alta” detalla Rasquin.
Centro-este de Buenos Aires:
A varios cientos de kilómetros, desde la Regional Cuenca del Salado la campaña también se empieza a definir antes de la siembra. Pero con otro foco, mucho más tangible: el agua en el suelo. “El análisis va a ser lote a lote, según la humedad disponible antes de sembrar”, explica Federico Garello, de INTA Chascomús e integrante de la Regional.
El dato no es menor. Los cultivos de verano dejaron perfiles más bien ajustados y, con números finos, no hay margen para errores. “Hay que asegurarse un piso de rendimiento. Y eso hoy depende directamente del agua acumulada”, resume Garello.

Cuando el clima acompaña… pero los números no
Si bien en algunas regiones el escenario productivo invita, el económico, no tanto. “El contexto introduce incertidumbre”, advierte Rasquin. El aumento en el precio de los fertilizantes —con la urea como protagonista— y los alquileres altos dejan márgenes muy ajustados, incluso negativos en algunos planteos.
Y eso se siente. Empieza a pesar en la dosis, en el momento de aplicación, en la decisión de sembrar… o no.
Nitrógeno: el viejo protagonista que no pierde centralidad
Si bien la fecha de siembra, la implantación, el manejo de malezas y la lectura del ambiente pesan, hay una decisión que sin dudas puede inclinar la balanza: “el manejo del nitrógeno”.
“Es el nutriente que más impacta en rendimiento y calidad, y los ensayos de la última campaña volvieron a mostrar respuestas claras”, explica Rasquin.
Sin embargo, quedan cuestiones por ajustar. “Muchas veces se subestima la dosis. Ya sea por calcular mal el rendimiento esperado o el aporte del suelo”, explica Rasquin. A eso se suman re-fertilizaciones que llegan tarde.
Incluso el antecesor mete ruido. “El trigo sobre maíz puede rendir entre 400 y 1000 kilos menos que sobre soja, y necesita unos 40 kilos extra de nitrógeno”.
En la Cuenca del Salado, el diagnóstico abre otra discusión: qué tan bien estamos midiendo.
“El análisis de suelo está presente solo en la mitad de los lotes”, cuenta Garello. Y en tecnología, la brecha es aún mayor: apenas un 5% usa sensores o índices como NDVI. El resto decide con experiencia. Con ojo. Con historia.
El otro frente: generar información propia
Si hay algo que empieza a cambiar en la Cuenca del Salado es eso. “Se vienen usando modelos de fertilización calibrados para otras regiones”, advierte Garello. Pero esa lógica empieza a quedar corta.
Desde la Regional, junto con INTA, están generando datos propios. Ajustando umbrales. Validando respuestas. Porque lo que funciona en el sudeste bonaerense o en el norte pampeano no necesariamente aplica acá.

Un ejemplo claro es el Nan (nitrógeno anaeróbico). “Con los modelos actuales, parecería que no hay que fertilizar. Pero en el campo la respuesta está”, explica. El problema no es la herramienta. Es la calibración. “Estamos viendo que los niveles de mineralización en la zona son menores. Ajustar eso puede cambiar mucho la toma de decisiones” concluye.
Fósforo: el déficit silencioso
Mientras el nitrógeno se lleva todas las miradas, el fósforo empieza a mostrar una deuda más silenciosa… pero igual de importante.
En Justiniano Posse, su rol está claro: “El fósforo es clave para sostener rendimientos y mejorar la eficiencia del nitrógeno” detalló Rasquin.
En la Cuenca del Salado, el problema es más estructural. “Son suelos deficientes. Y con los rindes que estamos teniendo, estamos exportando más de lo que reponemos”, advierte Garello.
El desfasaje se explica fácil: se fertiliza pensando en un rinde… pero el cultivo responde por encima. Y lo que parece un buen resultado en el corto plazo, deja un saldo negativo en el sistema.
Ajustar fino: lo que viene
Con este escenario, las estrategias empiezan a moverse. En Justiniano Posse, aparece la idea de fraccionar. “Probablemente se vean esquemas de fertilización dividida: una parte a la siembra y otra en macollaje, esperando mejores condiciones de mercado” advierte Rasquin.
En la Cuenca del Salado, el camino va por otro lado, pero con el mismo objetivo. “Va a ser clave el manejo por ambientes”, dice Garello. La diferencia ya no está solo en cuánto aplicar, sino en dónde.
Tecnología: entre lo disponible y lo adoptado
Las herramientas están. Pero no todos avanzan al mismo ritmo. En Justiniano Posse, el manejo se apoya en un combo cada vez más integrado: análisis de suelo, datos climáticos, mapas de rendimiento e índices como NDVI o NDRE.
En la Cuenca del Salado, la adopción es más gradual. Pero algo empieza a cambiar. “La ambientación y la dosificación variable están creciendo, en parte porque hay más maquinaria disponible”, explica Garello. Y con eso, aparece una idea que se repite: sin buen diagnóstico, no hay ajuste posible.
Más allá de los escenarios, la campaña no se construye en soledad. Se arma con datos, con ensayos, con errores y aprendizajes compartidos. Desde series climáticas de más de 100 años hasta ensayos locales de zinc o calibración de modelos, todo suma para ajustar decisiones en un contexto cada vez más fino.