Cielos abiertos, suelos cerrados: el enemigo oculto que frena el potencial agrícola

¿Por qué la buena oferta de lluvias de las últimas campañas no se está reflejando en los rindes? El alarmante impacto de la pérdida de infiltración y las estrategias para revertirlo.

Publicado el 17 de julio de 2026

placeholder imageEn el sur de Córdoba, la entrada de agua al suelo le puso un freno a los rindes. La causa: capas compactadas en los primeros centímetros.
En el sur de Córdoba, la entrada de agua al suelo le puso un freno a los rindes. La causa: capas compactadas en los primeros centímetros.

La degradación física de los suelos no avisa con síntomas ruidosos, pero sus efectos se miden en la cosechadora. Cuando el suelo se aprieta, los poros desaparecen, el agua rebota y las raíces se topan contra una pared.

“La compactación es probablemente una de las variables más subestimadas de la agricultura moderna”, advierte el especialista de la UNR y experto de la Red de Compactación CERO de Aapresid, Lisandro Repetto, quien agrega que, “cuando el suelo se compacta, la infiltración puede caer de 30 o 40 mm/hora a menos de 5 mm/hora”. En lotes con compactación severa, las pérdidas de rendimiento pueden rondar entre el 10 y el 30%.

Productores de distintas Regionales de Aapresid le han puesto números a este fenómeno, y las conclusiones son una verdadera señal de alarma.

"Niveles súper preocupantes": la alerta desde Buenos Aires y Córdoba

Desde la Regional Aapresid Lincoln (norte de Buenos Aires), el productor Charlie Van der Straten, no duda en ponerle gravedad al diagnóstico actual: «Los niveles de compactación de la zona, son súper preocupante. El motivo es, claramente, la falta de rotación de los años pasados, digamos, la falta de raíces».

El manejo desequilibrado ha creado una grieta visible en el terreno: «las diferencias en infiltración y el encharcamiento al momento de las grandes lluvias son muy evidentes, quizás alambre por medio, entre los campos bien manejados de aquellos sin rotaciones y predominancia de barbechos”, advierte Van der Straten, marcando que la siembra directa por sí sola ya no es suficiente si se la toma de forma aislada y sin un criterio sistémico.

Al sudeste de Córdoba, en Colonia Bismarck, el socio de la Regional Aapresid Justiniano Posse, Jorge Mazzieri comenzó a detectar una situación que durante años había pasado inadvertida.

Tras décadas de agricultura, el sistema mostraba crecientes dificultades para captar el agua de lluvia. La respuesta: pequeñas densificaciones en las capas más superficiales del suelo. Esto llevó a Mazzieri a encarar los primeros ensayos a campo con estrategias de reversión.

La diferencia entre un esquema degradado y uno recuperado cambia por completo el balance hídrico del año: «mejorar la cosecha de agua de un 60% a un 80%, significa que en un año que llueven 850 milímetros, hay 170 milímetros extra de agua para el sistema», explica.

Perder esos 170 milímetros por culpa de una densificación significa, lisa y llanamente, condicionar todo el ciclo productivo y, según explica, “sostener una agricultura pendiente de la próxima lluvia. Con esos mm extra, puedo pensar en un maíz de alto potencial, una soja de primera, e incluso tener un remanente para el cultivo que sigue”.

El impacto en el bolsillo: los rindes que se quedan en el camino

Esos milímetros que no entran al perfil debido a la resistencia mecánica implican pérdidas económicas directas y cuantificables.

“El aumento en el “agua cosechada” de la mano de la descompactación biológica, se traduce en rindes adicionales que pueden rondar los 3.400 kg/ha de maíz, 2.400 kg/ha de trigo o 1.500 kg/ha de soja, explica Mazzieri.

La receta de los que saben: raíces innegociables

Frente a este escenario, la respuesta no pasa por volver a esquemas de labranzas que destruyen la poca estructura remanente, sino por la descompactación biológica. La estrategia combina diversificación, nutrición y raíces vivas la mayor cantidad de tiempo posible.

placeholder imagePara Mazzieri, volver a asegurar raíces durante el invierno es la estrategia, con trigo de renta o “flexi”, o cultivos de servicios.
Para Mazzieri, volver a asegurar raíces durante el invierno es la estrategia, con trigo de renta o “flexi”, o cultivos de servicios.

En el sur de Córdoba, los números del doble cultivo con trigo en campos alquilados cierran cada vez menos. “La desaparición de cultivos otoño-invernales fue una de las causas principales de esta pérdida de infiltración”.

En ese contexto, Mazzieri apuesta a un planteo flexible: “El único rastrojo que no se coloniza con verde en esta época es el que va a maíz de primera. El de soja de primera es seguido, o bien por un trigo de renta o - cuando no estoy seguro del agua con la que contaremos - por un trigo ´flexi´, es decir, un trigo al que ponemos todas las tecnologías de un trigo de renta, pero guardando la urea para aplicar en macollaje”.

Si el agua a la siembra está muy por debajo de las expectativas, Mazzieri va por un cultivo de servicios, que puede suele ser centeno o avena. Esa masa radicular funciona como verdaderos taladros biológicos que quiebran los horizontes densos.

En el centro de Buenos Aires, Van der Straten explica: «Las rotaciones se basan en trigo, soja de segunda, maíz o girasol, con cultivos de servicios de avena, centeno o raigrás como estrategia que no se negocia, y que según el caso, se usan con doble propósito, ya que se pastorean”. Como complemento, el productor hace monitoreos periódicos de infiltración y compactación por efecto de las maquinarias.

Entender el suelo como un sistema vivo es el verdadero cambio de paradigma para ganarle a la compactación. La consigna actual del productor es clara: cuando el suelo se aprieta, el agua no entra, y el negocio, no cierra.

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