“Bancando la directa”: la mirada de cinco referentes de Aapresid sobre el avance de la labranza
Tras el informe publicado por la REM que advierte sobre el avance de la labranza, referentes de Aapresid analizan realidades muy distintas en cinco regiones del país, pero coinciden en la necesidad capacitación y “Agronomía”.
Publicado el 30 de octubre de 2026

La siembra directa (SD) volvió a ceder terreno en Argentina. Según el último informe de la Red de Manejo de Plagas (REM) de Aapresid, sobre 31,71 millones de hectáreas relevadas la SD llegó al 80,6% en la campaña 2025/26, lejos del 93% que supo alcanzar en 2017/18.
El control de malezas explica la mayor parte del área labrada (48,5%), seguida por “otras causas” - como el esquema contractual actual y los costos - con el 26%; y por la compactación, que ocupa el tercer puesto, con el 25,6%.
Pero el promedio nacional esconde realidades muy distintas. Cinco referentes zonales de Aapresid contaron cómo se vive en sus regiones.
Necochea: del 10% al 40% de labranza en cuatro años
Buenos Aires es una de las provincias donde el relevamiento de la REM mostró un retroceso consistente de la SD entre 2025 y 2026, de 6.6 puntos porcentuales, y la realidad varía según la zona.
Pero Esteban Bilbao, productor y asesor de la Regional Aapresid Necochea, pinta una situación más crítica: “hace cuatro años la zona empezó a incorporar remociones “livianas o rápidas”, sobre todo rastras y discos, y la labranza pasó de menos del 10% a cerca del 30%, y este año diría “más cerca del 40%”.
Para él, la causa casi excluyente son las malezas, en especial ryegrass y “nabolza” resistentes. También estima que un 9% busca resolver problemas de compactación y apenas un 1% a razones como tapar cuevas de peludo o huellones.
Sobre la efectividad de la práctica para el control de malezas, Bilbao es tajante: “la herramienta no cumple. Con la humedad ambiente y en los suelos que tenemos durante gran parte del año, el remanente de malezas que quedan prendidas es alto y terminan requiriendo otra labranza o aplicación de herbicida”.
En cuanto a la compactación, la llama “creencia generalizada”: falta medir cuánta hay, a qué profundidad y qué labor corresponde. Especialistas del INTA Balcarce, cuenta, concluyeron que muchas remociones “no tienen sentido”, o hubiera sido necesario ajustar el manejo.
El desafío, plantea, es sobre todo humano: falta de capacitación y enfoque “simplista”. Muchos creen que la labranza es la salida más fácil y económica. Pero no sólo no resuelve el problema de malezas sino que puede ser más costosa de lo que se cree.
“Quienes adquirieron un equipo de labranza cometen el error de imputar sólo el costo del gasoil, y quienes tercerizan la labor están pagando entre 40 y 50 USD por hectárea, cuando hoy existen tecnologías como las aplicaciones selectivas que usan un 30% de herbicida por pasada respecto de una aplicación total, lo que por año representa un ahorro del 40 al 50% del herbicida utilizado”. Esto sin incluir estrategias como la planificación de rotaciones y el monitoreo.
Bahía Blanca: el contrato manda
En el sudoeste bonaerense, Guillermo Irastorza asegura que la siembra directa es “una forma de vida” que no todos incorporan. En una de las regiones más afectadas por la poca adopción del sistema de siembra directa según el último relevamiento de la REM, Irastorza ve malas decisiones, pero sobre todo un problema en la gestión de la tierra: “el grave problema es la cantidad de tierra arrendada”.
Con contratos de uno o dos años, quien alquila “trata de sacarle el mayor jugo posible”, y completar un ciclo de rotaciones y mediciones es “casi una quimera”. Quién paga más por un campo, sin certeza de quedarse, resuelve el raigrás con rastra de discos. “El esquema contractual actual no permite “hacer ingeniería” en el manejo productivo”, sentencia.
Su propio caso muestra un camino opuesto: alquila hace cincuenta años, sin labranza y diseñó un “año de descanso” para atacar las malezas en su momento más vulnerable.
Al igual que su colega de Necochea, advierte que la labranza termina siendo un “circulo vicioso”: “el ryegrass ya complicaba a mi padre en Coronel Dorrego cuando todavía ni existía la siembra directa, y donde la labranza dejaba los suelos desnudos y con voladuras”.
Por eso Irastorza propone mirar al propietario y no al productor: una ley de suelos que premie o castigue, vía impuesto inmobiliario, el buen manejo. Así, el dueño buscaría arrendatarios que cuiden el suelo.
Paraná: huellas, pendientes y erosión
En Entre Ríos, el relevamiento evidencia que el manejo bajo SD aumentó entre 2025 y 2026 en 5 puntos porcentuales. Pero Rodrigo Penco, asesor en la Regional Aapresid Paraná, aclara: “si bien la SD sigue siendo dominante (85% de la superficie), en los últimos cinco o seis años se ve un retorno sostenido de la labranza”. Estima un 10 a 15% de lotes removidos, casi siempre de forma ocasional mediante rastra, cincel para alguna labranza vertical que soluciones problemas puntuales.
El motivo principal en su zona no son las malezas, sino las huellas de cosecha durante los otoños húmedos (35%). Las malezas resistentes o tolerantes como Rama negra, sorgo de Alepo, yuyo colorado y gramíneas anuales de difícil control siguen en importancia (25%).
Otro factor relevante es la compactación o planchado superficial no diagnosticado (20%), y por último, el manejo de lotes de pasturas en campos mixtos (15%) y la reparación de terrazas (5%). “Las labores se concentran en el barbecho previo a soja de primera y maíz, sobre todo en campos arrendados por campaña y en sistemas mixtos”.
Este escenario preocupa en una zona como Entre Ríos, muy susceptible a erosión, por tratarse de suelos finos, con arcillas expansivas, pendientes de más del 2% y lluvias intensas cuando el lote está desnudo. “Cada remoción lo expone a la erosión hídrica, que es justamente el problema que la SD y las terrazas vinieron a resolver”.
Si bien el técnico prevé una estabilización en el área afectada por labranza, teme que lo “ocasional” se naturalice.
En cuanto a las causas profundas, Penco apunta contra un contexto que no ayuda: “pesa la tenencia, porque los arrendamientos anuales no incentivan inversiones de largo plazo como los cultivos de servicios o el mantenimiento de terrazas. Pesan los costos, porque una pasada de rastra resulta más barata y visible en el corto plazo que un programa de residuales o un cultivo de servicios. Pesan la escala y la logística de cosecha, y también la falta de diagnóstico, que lleva a resolver con labranzas problemas que tienen otra causa”.
En lo normativo - si bien la provincia cuenta con herramientas de conservación de suelos - falta articularlas con incentivos más claros y contratos de arrendamiento que reconozcan y premien las buenas prácticas.
Centro-norte de Santa Fe y el factor “desconocimiento”
Navier Picco releva la zona desde 2023 con encuestas a unos 35-40 productores y asesores. Su dato revela un panorama más extremo que el del informe de la REM, que estima que en la provincia de Santa Fe la labranza ocupó menos del 30% del área relevada en la última campaña: “la labranza ronda el 50% y crece hacia el norte; donde llegué a escuchar cifras de hasta el 80%, hace algunas semanas”.
Las causas coinciden con las del informe de la REM: malezas, compactación y costo de los tratamientos.
Pero en 2025, Picco agregó nuevas opciones a sus encuestas y encontró que más del 30% adjudicó a la decisión de labrar el “desconocimiento del efecto negativo” que tiene la práctica; que junto con el desconocimiento de la SD, suman 45%.
Picco pone el foco en el diagnóstico y en la capacitación de los técnicos: “hoy se simplifica todo con fierro”, y decir que “el suelo está duro” es una sensación, no un diagnóstico. A esto se suma la presión del marketing y los créditos para la compra de maquinaria de labranza.
El técnico estima que cerca del 45% está en cero labranza, pero bajo el sistema completo (rotaciones intensivas, cultivos de servicios, fertilización, manejo del tránsito) “no más del 5%”. La degradación física, química y biológica de los suelos, dice, es “crítica”. Ni que hablar la saturación de los suelos con herbicidas que se están traduciendo en problemas de fitotoxicidad preocupantes.
En este contexto, la excusa de los costos se vuelve relativa: “hace poco estaba sembrando una soja sobre vicia en verde, que vino tras un sorgo. La última aplicación de residuales que recibió ese lote fue en noviembre pasado, hace un año. Y la última intervención con herbicidas fue en marzo para secar el sorgo con glifosato. Hoy estamos sembrando sin herbicidas, y lo único que se necesitará es algún post emergente. Los lotes vecinos, movidos o con barbecho, acumulan tres o cuatro aplicaciones. Las cuentas se hacen casi solas”
Sobre el argumento de los arrendamientos (que llegan al 70% de los campos), Picco también es crítico: “preguntá cuántos años lleva un productor en un mismo lote bajo contratos anuales: si son cinco, ocho o diez, se está pegando un tiro en los pies” al degradarlo. La salida: conocimiento y capacitación.
Chaco y Santiago del Estero: el girasol y el agua
Según el relevamiento de la REM, Chaco es la provincia con mayor incidencia de labranza, práctica que además se incrementó en el último año en 7 puntos porcentuales. Y algo de lo que describe Estanislao “el ruso” García (productor de la zona de La Paloma) puede ayudar a comprender esta tendencia: “en las zonas más antiguas de Chaco, la labranza, sobre todo en la previa del girasol, es una práctica instalada”.
La razón: se siembra en pleno invierno, con el suelo frío, y sobre tierra labrada el cultivo arranca mejor, con más temperatura y nitrógeno disponible. Pero García aclara: “la diferencia es bien visual y en el arranque, y eso lo que al productor lo deja tranquilo. Después, el lote labrado se queda sin agua”. A esto se suma la siembra con equipos sencillos y pensados en remover lo menos posible la línea de siembra para minimizar la pérdida de humedad.
García también advierte que el mapa cambia con la geografía. Hacia el este (Charata, Las Breñas, Sáenz Peña) hay más girasol, y por tanto, más labranza. Hacia Santiago, “poco y nada”.
Sin embargo, considera que, al estar mayormente asociada a este cultivo, la labranza puede tratarse de una decisión coyuntural, atada al precio del girasol y a lluvias como las de abril: “el año que viene, la regla del juego te cambia, y tal vez también lo haga el % de suelo laboreado”.
Para revertir este escenario, el técnico apunta a la difusión de las bondades de la SD: “con las temperaturas y la altísima demanda atmosférica de la zona, cuidar el agua es una decisión primordial, y en este sentido, la SD es la calidad clave para mantener la cobertura, evitar la evaporación y escurrimiento, y favorecer la infiltración”. En el caso del girasol, sumaría también apostar a una buena fertilización de arranque.
Cambian los porcentajes y el eslabón señalado. Pero el camino se repite: falta de diagnóstico, simplificación y mirada de corto plazo. Los testimonios también coinciden en que el contexto que no ayuda, pero que como todo contexto difícil, pone a prueba nuestro ingenio y nos pide Agronomía.