Los efectos de la información falsa y el papel de las redes sociales en su difusión ya son marca de época.

Armado con un rifle militar, un hombre irrumpió en una pizzería en Washington el 4 de diciembre pasado, según su testimonio posterior, para rescatar a niños secuestrados en el establecimiento. Una nota supuestamente «periodística» había denunciado que la pizzería funcionaba como aguantadero de una mafia que había financiado la elección de Hillary Clinton con ingresos obtenidos del tráfico de menores de edad. Sobre la base de revelaciones de Wikileaks que decían que el dueño de la pizzería había estado en comunicación con el jefe de campaña de Clinton, la nota construyó una fábula tan real como Narnia.

La conspiración revestida de noticia tuvo amplia difusión en el mundo digital republicano durante la campaña presidencial de este año en Estados Unidos. Fue trampolín para acusaciones y amenazas contra dueños y empleados de la pizzería y otros comercios vecinos. La imaginación semiótica de los trolls inevitablemente detectó mensajes ocultos sobre pornografía, homosexualidad y satanismo en imágenes de pizza y los carteles de los negocios. Los periodistas del Washington Post que informaron sobre los acontecimientos fueron víctimas de acoso digital. Un caso de información falsa con elementos paranoicos, que causó pérdidas materiales, generó enorme preocupación y pudo haber terminado en tragedia.

Este episodio ilustra un gran desafío de la era de la abundancia comunicacional en la que vivimos: ¿cómo distinguir la información verdadera de la falsa? ¿Quién es responsable? Estas preguntas, sobre todo la referida a la responsabilidad por las consecuencias, se volvieron marca de época este año, impulsadas a entrar en la agenda pública después de algunos resultados desconcertantes o inesperados para muchos en las urnas, como la victoria de Trump, del Brexit o del «no» en el referéndum colombiano.

La noticia ficción

En las redes sociales y en sitios de Internet circula información absolutamente despegada de la realidad que tiene enorme credibilidad y popularidad. En el mundo digital se desvirtúan los límites entre noticias que intentan reflejar la realidad, más allá de sus limitaciones, y noticias deliberadamente desconectadas de la realidad. Internet es un cambalache de noticias, rumores, conspiraciones e invenciones. Mucho de lo que parece noticia, ya sea por su lenguaje y redacción, es ficción, propaganda, o publicidad encubierta.

Bienvenidos al caos informativo donde se horizontalizaron las oportunidades para informar y desinformar. La sabiduría y la ignorancia de la multitud y las noticias periodísticas están ensambladas en el mismo carretel de información.

Lo novedoso es que las instituciones que separan el trigo de la paja, como el periodismo y los expertos, ya no tienen la misma influencia y encumbrada posición que tuvieron en el pasado. Durante los dos últimos siglos, el periodismo se convirtió en árbitro diario de noticias de la enorme parva de información. Ahora, en cambio, ya no tiene la misma posición en el flujo masivo de información en la autopista digital. El aplanamiento de la pirámide de información hace que la prensa ya no sea el abrepuertas que monopoliza el acceso a la información masiva. Cuchicheos bizarros y conspiraciones que antes quedaban atrapados en los desagües de la comunicación pública ahora circulan ampliamente, se mimetizan con la estética de la noticia y aparecen en la dieta digital de millones de personas.

Google y Facebook son responsables, en tanto ayudan a la circulación masiva de contenidos falsos. Aunque los gigantes digitales no se definan como empresas de contenidos, son plataformas de información. Están en el mismo negocio que cualquier periódico o agencia de noticias. El problema, sin embargo, es más amplio. No se resolvería aunque las compañías instalaran mecanismos de curación estrictos para patrullar la calidad de información o solicitaran a los usuarios que señalen noticias falsas. La noticia ficción siempre encontrará un cauce para llegar a públicos masivos.

Según muestran estudios recientes, los lectores digitales suelen consumir información sin importarles ni su origen ni su calidad. Muy a pesar del periodismo, la fuente de la información no pareciera ser una consideración importante. Los lectores son notablemente perezosos a la hora de verificar las noticias. No están particularmente predispuestos a chequear su credibilidad o contrarrestarla con otros datos. Les basta que aparezca en Facebook, sea recomendada y compartida por conocidos, y contenga elementos irresistibles como titulares alarmantes y fotografías sugestivas. Las audiencias parecieran tener más poder que la prensa a la hora de influir la selección de la información.

Se cree en la información especialmente si se ajusta a convicciones personales existentes. De hecho, quienes generan noticias falsas saben que sus mentiras pueden ser más facilmente aceptadas si encajan con predisposiciones. Es más factible que la información que refuerza creencias se viralice con éxito, especialmente si tiene pinceladas de sensacionalismo, morbo y pánico. Esa es la fórmula de la noticia ficción. Y puesto que tendemos a vivir en círculos digitales homogéneos, rodeados de gente que piensa de modo similar, tendemos a aceptar información como verdadera sin importar si fue producida por periodistas cuidadosos con los datos o maliciosos mercachifles de la mentira.

Más aún, corregir noticias falsas es notablemente difícil. Quien está convencido de un relato o una conspiración no cambia fácilmente de opinión por más que se demuestre que sus ideas son cuentos de hadas. De hecho, tales intentos suelen ser rechazados como manipulación, puesto que son vistos como descalificaciones de lo que se piensa. Nada confirma la convicción de que los ovnis existen como un anuncio de la NASA diciendo que son mentiras. Para quienes están convencidos de que Barack Obama es un agente musulmán nacido en Kenya, el certificado de nacimiento no es más que una triquiñuela llena de errores y sospechas. Como los villanos en las películas de James Bond, las convicciones falsas se resisten a morir.

La verdad es historia

La popularidad de la «noticia ficción» es síntoma de la sociedad de la posverdad, la palabra estrella del 2016 según el diccionario Oxford. En la era de la posverdad, los hechos objetivos son menos influyentes que las emociones y convicciones personales en la opinión pública. Es errado pensar que esto es absolutamente novedoso. Sólo los dogmáticos cruzados creen que existe una única verdad. La verdad siempre fue disputada y fragmentada. Hace más de medio siglo, George Orwell, crítico implacable del lenguaje político, decía que la verdad objetiva estaba desapareciendo y que las mentiras pasarían a ser historia. La diferencia es que ahora la noticia ficción es de fácil diseminación y rápido acceso.

Con orgullo se proclama que la verdad no es lo que dicen los expertos o el periodismo, sino lo que encaja en creencias y emociones personales. La ignorancia petulante, la verdad personal resistente a las pruebas, las ficciones sobre la realidad son moneda corriente. A esta altura, la verdad sostenida en hechos y datos es una promesa escurridiza. Y sin verdad, cualquier cosa es posible porque nada es rebatible. Las fantasías tienen tanta legitimidad como los hechos concretos. Ganan los posmodernos cínicos, los conspirativos lunáticos y los farsantes que piensan que la realidad y la verdad son ilusiones. Es la imaginación al poder que nadie imaginó que llegaría al poder. Parafraseando a Orwell, insistir con los hechos de la realidad es revolucionario.

Fuente: La Nación – Silvio Waisbord (*)

(*) El autor es profesor de la Escuela de Medios de la George Washington University