La presencia y la innovación argentina no pasan desapercibidas según Héctor Huergo. De punta.

Escribo estas reflexiones desde Chicago, sin la menor intención de disimilar las sensaciones, después de recorrer el Farm Progress Show, la famosa feria de la innovación agrícola del Medio Oeste norteamericano en la que abrevan miles de productores y técnicos de todo el mundo.

Ya arrancamos fuerte. El lunes asistimos al primer limit up de la soja en tres años en el CME. La escasez de lluvias ponía los mercados al rojo, cuando parecía que se venía un aluvión de maíz y soja. Los agoreros del fin del “viento de cola” quedaban pagando: se confirma que sigue habiendo más compradores que vendedores, y que estamos en una onda larga de altos precios agrícolas.

El telón de fondo sigue siendo la escasez. La cigüeña le va ganando la partida a la cosechadora.

Al día siguiente arrancaba el Farm. Allá fuimos, sabiendo que nos íbamos a encontrar con un puñado de empresas argentinas. Al principio, nos parecía una curiosidad, un esfuerzo ponderable y el consabido y casi chauvinista deseo de éxito. Pero de pronto advertimos que allí se estaba expresando algo muy profundo: la oferta tecnológica argentina tenía un común denominador. Es la avanzada de una nueva forma de concebir la agricultura. Veamos.

En el stand de Rizobacter, que por segunda vez se presentó en el Farm, no solo se exhibieron los productos de la compañía, que en sí mismos representan la era de la “agricultura inteligente” a partir del uso de mecanismos biológicos para sustituir la fertilización química. La empresa invitó a dos organizaciones señeras de la Segunda Revolución de las Pampas (Aapresid y CREA) y a una empresa como Bioceres, que arrancó con foco en la biotecnología pero ya se concibe como una empresa orientada a la bioecnonomía. Bueno, de pronto advertimos que la misma carpa de Rizobacter cobijaba a dos premios Phelps: el que recibió su titular, Ricardo Yapur, y el que se otorgó a Bioceres.

Recordemos: Edmund Phelps fue Premio Nóbel de Economía en el 2006, e instituyó a partir de entonces su propio premio a la creatividad de los emprendedores, considerando que éstos son los motores del desarrollo económico de las naciones. Rizobacter lidera el mercado argentino de inoculantes.

Ya vendió 100 millones de dosis de estos microorganismos que permiten que la soja se autofertilice con notrógeno. Se usa en más del 90% de la soja. En Estados Unidos, sólo se inoculaba apenas el 20%. ¿Por qué? Porque le meten exceso de nitrógeno al maíz, y entonces la soja que le sigue “aprovecha” el residual. Mientras tanto, las napas se contaminan con nitratos y nitritos. Llegó la presión ambiental. El olfato de Yapur detectó la oportunidad. Está creciendo un 50% por año.

Bioceres desarrolló el primer gen de tolerancia a salinidad y sequía del mundo y en el rubro está por delante de renombradas empresas de biotecnología entretenidas en temas de menor impacto y , seguramente, de vida útiles limitada. Ya tiene un socio norteamericano, Arcadia. Van dos años seguidos donde la sequía cobra especial protagonismo en el corn belt.

En otro rincón del Farm, Tanto 4 exhibía nuevamente los cabezales maiceros de aluminio de Allochis. Agricultura inteligente es maquinaria más liviana. Al lado de su carpa, dos empresas locales exhibían barrales de pulverizadoras hechas en aluminio. Acá ya salteamos esta etapa: avanza raudamente el barral de carbono.

Sumemos el sistema de embolsado. Richiger se presentó por sexta vez y pudo ver, con más orgullo que bronca, que los canadienses ya le copiaron la embolsadora y el extractor. Ipesa, con distribuidora propia, asiste a la expansión de un sistema de típico sello argentino.

En un negocio donde el estado de confort del cliente mantienen a los proveedores de tecnología bajo el paradigma de “bigger is better” (cuando más grande, y pesado, es mejor), hay una oportunidad para la agricultura inteligente que, remando en dulce de leche, avanza por estas pampas.

Fuente: Clarín Rural