En Aapresid decimos a mejorar la forma de comunicarnos con la comunidad. Es importante entonces conocer qué y cómo lo llevamos adelante.

 

La visión de Iván Ordoñez.

Los agronegocios son un sistema de 46 millones de argentinos

Repensar, qué comunicamos y cómo lo hacemos. Un desafío para involucrar a los argentinos en la creación de un futuro mejor.

Cuando se repasan los principales desafíos para el sistema de agronegocios argentino, usualmente se piensa en una serie de barreras que dificultan la producción: las malezas resistentes y necesidades de reposición de nutrientes, el renacimiento del dólar y la caída del rublo, la mosca de los frutos, la marcha de la economía China… y la lista continúa. Pero si bien es cierto que todas estas dificultades son  reales, empalidecen en comparación con la que hace ya más de 10 años determina el grueso de la rentabilidad del sistema: la relación con la sociedad.

Los méritos del sistema de agronegocios son conocidos parcialmente en el sector, pero ignorados por una parte significativa de la sociedad urbana. Al menos 1 de cada 5 empleos son generados por el agro: puestos de fabricación de maquinaria agrícola, sistema científico nacional público-privado, operarios frigoríficos, industrias de fertilizantes,  camioneros que mueven anualmente la campaña agrícola de granos con más de 3 millones de viajes ida y vuelta hacia el puerto… Sólo en logística, se gasta el equivalente a todas las exportaciones del complejo siderúrgico en 365 días.

Por otro lado, el 60% de las divisas brutas que genera el país está ligada a la capacidad exportadora de alimentos, fibras y energía que tiene Argentina: primeros exportadores mundiales de maní, limones y peras, entre los primeros tres de soja y derivados, jugador de peso en maíz, pescado, vino y leche en polvo. Incluye, además, insumos y conocimiento que genera al sistema como maquinaria agrícola, fertilizantes y semillas.

Si la cuenta se afina y se mira la balanza comercial de cada sector de la economía, la del sistema de agronegocios es una de las pocas positivas: la automotriz, para citar un ejemplo paradigmático, cuenta con un déficit estructural de más de 3.000 millones de dólares por año. No es ni malo ni bueno, pero al igual que el Polo Ensamblador de Tierra del Fuego, no tienen entre sus méritos generar divisas para el país. A esto se suma el fenomenal aporte del sistema de agronegocios al financiamiento del Estado: solo en concepto de retenciones –vale aclarar derechos de exportación–, desde que se pusieron en funcionamiento hasta el año 2015 se recaudaron aproximadamente 80 mil millones de dólares.

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Ivo Ordóñez participando del Encuentro Anual de Regionales Aapresid en Paraná en 2016.

Otros logros destacados en agronegocios son el desarrollo e introducción masiva de tecnología como la siembra directa, la primera vaca clonada del mundo, la fibra de carbono incorporada en la maquinaria agrícola, los germoplasmas locales que son exitosos también en Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay. Pero además de esto, el conocimiento incorporado no solo debe ser “duro” porque hay miles de mejoras “blandas”: la organización de la producción por contratos, la difusión de conocimiento mediante asociaciones técnicas de productores como CREA y Aapresid. Se podrían nombrar cientos de invenciones made in Argentina.

Una encuesta realizada por IPSOS, por encargo del Movimiento CREA en 2014, releva que algunos logros económicos de los agronegocios son registrados por la población, pero en general la percepción que tienen del sistema es mala: el Gran Buenos Aires y las principales ciudades de las provincias se sienten “lejanas al campo”, sus habitantes entienden que las retenciones a las exportaciones agrícolas impactan muy poco en la inversión estatal en infraestructura, educación y salud. Caracterizan al sector como “muy concentrado”, con “ganancias excesivas” a los que se suman “altos índices de evasión impositiva” y “trabajo en negro y esclavo”.

En cuanto al medio ambiente los argentinos urbanos creen que se incurre en un “abuso en el uso de fertilizantes y agroquímicos” y hay un bajo cuidado por el mismo. Existe además una percepción de que el sistema es adicto a soluciones tecnológicas enteramente importadas. Cuando se les pregunta a los urbanos “qué produce el campo” la respuesta se limitó a un catálogo muy acotado de productos: soja, trigo y carne vacuna.

Si la percepción sobre el sistema de agronegocios es tan negativa, no debe resultar sorprendente la facilidad con la que en el ciclo político anterior se impusieron retenciones o cierres arbitrarios de exportaciones. O que la anterior Presidente de la Nación en la asamblea de la FAO haya atacado a los mercados de futuros agrícolas – esenciales para la estabilidad de los agronegocios – por considerarlos un instrumento de especulación.

Los cuestionamientos avanzan en todos los frentes: una lista importante de municipios, presionados por temores infundados, avanzó en legislaciones que restringen el área sobre la cual está permitida la agricultura extensiva y otros estudian hacerlo. Todo es parte de lo mismo: el profundo desconocimiento, y hasta temor, que tienen distintos segmentos de la sociedad sobre las actividades del sistema de agronegocios. No es solo falta de información o datos duros, también es una marcada ausencia de empatía.

Para el año 2050 el mundo contará con 9.500 millones de habitantes que, en promedio serán mucho más ricos que hoy. En consecuencia, demandarán alimentos en cantidad y calidad, con énfasis en proteínas animales en distintos formatos. No es una respuesta asegurada que ese alimento será producido en Argentina, porque para que haya agricultura se necesitan agricultores, y el balance final del ciclo del anterior gobierno dejó a los principales protagonistas del sistema de agronegocios argentino golpeados.

Las respuestas a numerosos desafíos que encuentra el sector elevan el volumen y la calidad de las exportaciones de carne y otras proteínas animales. Aumentar el grado de reposición de nutrientes en el suelo demanda la construcción de acuerdos entre actores. La creación del activo colectivo “rodeo libre de aftosa” es una lección definitiva para el sistema de agronegocios argentino que elevó el valor del ganado y por lo tanto el de las exportaciones de carne.

Existen activos colectivos que pueden calificarse como de primera generación ya que solo involucran al centro de un sistema de negocios. En estos, como es el caso del activo “rodeo libre de aftosa”, la negociación que permite el armado de consensos es más sencilla que en los de segunda generación, que demandan incorporar en la construcción de metas el consenso con sectores más amplios de la sociedad que pertenecen al sistema, pero lo hacen desde sus etapas de consumo y desarrollo de políticas públicas, que involucran a más organismos del Estado que a uno específico como el SENASA.

Hoy existen 990 personas que, en representación de la sociedad, toman decisiones claves para el 80% del área agrícola argentina. Sin embargo,  si no existe un involucramiento, la construcción de activos colectivos es una quimera. Hablamos de un presidente, de un equipo de ministros, gobernadores y cientos de legisladores, de interacción en nivel nacional y provincial. Hablamos de  más de 500 intendentes a los que se suman los consejos deliberantes.

Es imprescindible llegar a la sociedad y a estos decision-makers con información y propuestas, pero también con historias que los involucren emocionalmente en algo de lo que son parte,  pero se sienten ajenos.