Sembrar confianza: la agrónoma que unió al campo y al pueblo cuando parecía imposible
De los lotes a la gestión, la historia de una mujer que transformó el conflicto en oportunidad y hoy lidera un modelo que combina producción con cuidado, potenciando el desarrollo y arraigo de toda una comunidad.
Publicado el 27 de mayo de 2026

Cañada Rosquin es una localidad santafesina con poco más de 5.600 habitantes, donde el campo no es paisaje sino identidad, Allí, María Eugenia Racciatti, la Ingeniera Agrónoma que hoy preside esta Comuna es una de las protagonistas de una experiencia que logró algo poco frecuente: tender puentes entre campo y comunidad cuando el conflicto parecía inevitable.
Ser mujer, agrónoma… y animarse a dar el paso
El camino de Maria Eugenia no fue lineal. “Durante 25 años fui una agrónoma productivista”. Pero esa experiencia fue también la que le dio una mirada única: “Somos pocos los que conocemos de manera tan tangible lo que implica producir: los riesgos, los costos, el impacto real”.
Su incursión en la función pública fue de golpe, literal: una cola de tornado mostró las falencias en los trabajos de poda del arbolado de la Comuna. “Ese fue el punto de inflexión donde entendí que con quejarse desde afuera no alcanzaba”. Racciatti puso manos a la obra y armó una cuadrilla de poda, hizo un posgrado en arbolado urbano y comenzó a trabajar para la comuna. Ahí la atrapó la función pública: “Hay lugares donde las cosas se pueden cambiar. Y esos lugares son la gestión”.

Aplicaciones periurbanas: el tema delicado
Ya en su rol como presidente comunal se metió con el tema más sensible: las aplicaciones periurbanas. “Me marcó ver cómo relatos muchas veces incorrectos sobre este tema generaban miedo, incluso en mis propios hijos”.
Pero estos temores se contraponían con lo que la Agrónoma veía en la actividad productiva. La localidad de Cañada Rosquín respira producción. Agricultura, ganadería y tambos conviven con industrias que nacen de esa materia prima: aceiteras, queserías, fábricas de dulce de leche y hasta una cooperativa jabonera recuperada por sus trabajadores.
“La actividad productiva no es sólo economía, sino el cimiento sobre el cual el municipio construye autonomía financiera y cohesión social”, define María Eugenia.
El impacto es tangible: empleo, menor dependencia de asistencia estatal, más recursos para salud e infraestructura. Pero también invisible: redes de servicios, logística, conocimiento técnico y también arraigo: “Cuando la materia prima se transforma acá, el valor se queda en la comunidad, y los productos generados despiertan un orgullo y pertenencia que dan ganas de quedarse”, relata.

Racciatti sabía que el camino no era la prohibición, sino garantizar que las cosas se hagan correctamente. Convocó a los ingenieros agrónomos del pueblo. Escucharon a productores, vecinos, aplicadores. Diseñaron una ordenanza basada en control, trazabilidad y responsabilidad compartida.
Así nació la idea de adoptar el programa “Municipio Verde”: un sistema que no prohíbe producir, pero sí exige hacerlo bien: recetas agronómicas, maquinaria registrada, monitoreo de aplicaciones en tiempo real, condiciones ambientales controladas, información transparente y disponible para todos.
El programa abarca unas 4.000 hectáreas del periurbano. “Si hubiéramos prohibido producir ahí, el impacto hubiera sido enorme. No solo económico, también social. Pero además, donde no se produce ni se mantiene, aparecen basurales, plagas, problemas sanitarios. Es mucho más complejo que una discusión binaria”.

Cuando la comunidad se apropia del cambio
Después de siete años y múltiples auditorías, lo más valioso no es el sistema en sí, sino lo que generó. “Emociona es ver cómo la comunidad lo hizo propio”. Aplicadores que enseñan a otros. Ingenieros que transmiten la experiencia. Vecinos que comprenden.
“Municipio Verde se convirtió en una verdadera política pública cuyo impacto va más allá de lo ambiental. Fortaleció la confianza. Generó diálogo. Consolidó una visión común”, explica Maria Eugenia.
Y esa lógica se replicó en otras iniciativas: gestión de residuos con economía circular, cooperativas de trabajo, digitalización del arbolado urbano. Todo con un mismo enfoque: integrar en lugar de fragmentar.
Y suma una dimensión más: la de género. “La mirada de la mujer aporta sensibilidad, capacidad de consenso y una visión más integral. No es mejor ni peor, es necesaria”.
Cuando piensa en el futuro, Racciatti no habla de cargos, sino de comunidad: “Me imagino una sociedad capaz de pensar, de corregir, de mejorar en conjunto”. Porque cuando producción y comunidad dejan de enfrentarse, el desarrollo deja de ser una idea y empieza a ser una realidad.